el puño y la rosaQuizás, para iniciar un análisis sobre la situación que atraviesa la socialdemocracia en general y la socialdemocracia española en particular, haya que empezar por estudiar el estado de ánimo de todas aquellas personas que en últimos años han encarnado, de verdad, el proyecto socialdemócrata. Y hago hincapié en ese “de verdad” porque me estoy refiriendo a todos los militantes de base y simpatizantes activos que han estado acompañando los avatares por los que ha atravesado ese proyecto.

Creo no equivocarme si digo que la mejor forma de definir ese estado de ánimo es el de la más absoluta perplejidad ante el discurrir de los acontecimientos que, en los últimos tiempos, y de manera más acentuada a partir del 12 de mayo de 2010, han llevado, a convertir al Partido Socialista, de fuerza de gobierno en partido de oposición sin visos de recuperación.

Y si tuviéramos que dotar de contenido a esa perplejidad, es decir, si nos preguntáramos qué es lo que nos causa esta sensación, nos daríamos cuenta de que ni siquiera eso es posible definirlo de una forma clara. Hoy día, si preguntamos a un militante socialista de base por las respuestas reales y concretas de su partido ante una situación como la actual, de retrocesos democráticos y sociales más que evidentes, es muy probable que no sepa articular una contestación que tenga algún tipo de certeza.

Pero el problema ya no es sólo esa perplejidad genérica del militante o simpatizante ante una situación que no acaba de comprender, sino la que se produce “de vuelta” entre las direcciones o aparatos que tampoco acaban de comprender por qué se está produciendo un claro movimiento de desafección. Por eso hablamos de doble perplejidad. Por un lado, los militantes no entienden por qué se ha llegado a esta situación y, por tanto, no entienden ni los principios ni las estrategias de la dirección y, por otro lado, la dirección no comprende por qué la militancia se va separando cada vez más del dibujo o camino que pretende poner en funcionamiento.

Pero hay más. Hay un factor añadido a ese proceso de separación creciente entre militancia y aparato y es que, si esto es así en un conjunto de personas claramente comprometidas y dispuestas a seguir embarcados en un proyecto que, de algún modo, les ha dado sentido político e ideológico, el proceso es, por lógica, infinitamente superior entre una ciudadanía que puede llegar a ser votante pero que no tiene el mismo grado de afinidad o compromiso.

Y es cierto que las causas del derrumbe son muchas, variadas, a veces complejas e incluso, en algunos casos, externas al propio partido. Eso es cierto y, sin duda, requiere llevar a cabo análisis profundos, pero hay ciertas urgencias que el proyecto socialdemócrata no puede dejar sin acometer de manera prioritaria. Una de ellas es, sin duda, convencerse de que difícilmente se podrá llegar al conjunto de la ciudadanía si, previamente, no se ha sido capaz de llegar al militante o si no se asume que el espacio de separación que produce esta doble perplejidad es imprescindible taponarlo cuanto antes para dotar al proyecto de una mínima cohesión.

¿Cómo se consigue? Mecanismos habrá varios, pero seguro que hay uno que no falla: dar la palabra.

Juan Santiago