rajoy veinte millones

A veces se hace muy difícil escuchar a los miembros de este gobierno – y especialmente a su Presidente – cuando se lanzan por la pendiente de la demagogia y el populismo para tratar de justificar lo injustificable y encontrar armas de persuasión masiva de cara ya a las próximas generales.

La última la hemos tenido que aguantar cuando, a favor de unos presuntos buenos resultados de empleo registrado, el Mariano del plasma se nos ha venido arriba y ha anunciado, en vivo, en directo y sin despeinarse, que en 2019 alcanzaremos los veinte millones de cotizantes.

Los datos no indican que en los cuatro años a los que se encamina este gobierno haya habido creación alguna de empleo

Y hablo de presuntos buenos resultados porque, a riesgo de resultar un cenizo o un aguafiestas, y digan lo que digan los palmeros de turno, los datos siempre son tozudos y nada dicen de que en los cuatro años a los que se encamina este gobierno haya habido creación alguna de empleo.

Los datos son de la propia Contabilidad Nacional y nos indican que desde el cuarto trimestre del 2011 al cuarto trimestre del 2014 (podríamos también coger el primer trimestre del 2015) el número de puestos de trabajo equivalentes a tiempo completo – es decir, el total del empleo existente – ha disminuido en 766.000 entre los ocupados y en 724.000 entre los asalariados. Son datos corregidos de efectos estacionales.

Y si hablamos de horas trabajadas, comprobaremos que, en el mismo período, han bajado alrededor de un 4%, tanto en el caso de los ocupados como en el de los asalariados.

Por tanto, si hay menos puestos de trabajo equivalentes a tiempo completo y se han trabajado menos horas, alguien tendrá que explicar que es eso de la creación de empleo que, supuestamente, se ha producido. Ello sin hablar por ahora del “exilio” al que se ha mandado a centenares de miles de jóvenes y no tan jóvenes ciudadanos que no aparecen en esa maquillada estadística.

Lo que ocurre, y eso no nos lo cuentan, es un fenómeno sencillo que era realmente el buscado con la milagrosa reforma laboral de Fátima: la búsqueda de un aumento de competitividad conseguido, no con cargo a beneficios o repartido entre todos los intervinientes en la actividad económica, sino exclusivamente cargando el peso sobre las espaldas y las condiciones de vida de la clase trabajadora.

La devaluación interna ha consistido en el reparto del trabajo mediante el fraccionamiento de las jornadas, la precarización de los contratos y la pérdida de poder negociador, a la vez que se rebajaban las remuneraciones

Eso tan bonito que se llamó la devaluación interna y que ha consistido en el reparto del trabajo menguante mediante el fraccionamiento de las jornadas, la precarización de los contratos y la pérdida de poder negociador, a la vez que se rebajaba la remuneración de la fuerza del trabajo y siempre en un nivel de empleo que favorezca la aceptación de bajas condiciones salariales y laborales.

No es una simple elucubración cargada de prejuicios ideológicos como advertiría el aparato de propaganda. Tomemos los datos de remuneración por asalariado y productividad y comprobaremos que, mientras en el mismo período, la remuneración baja, sube la productividad ocasionando, así, una caída del coste laboral unitario de algo más del 2%.

Para entendernos: se aumenta la productividad de la fuerza del trabajo pero se paga menos de lo que se pagaba con una productividad menor. O sea, un negocio redondo. ¿Se acuerdan cuando se decía que había que ajustar los salarios a la productividad?

Lo que ocurre en España no sucede en Alemania, Francia, Italia o Reino Unido

Con una puntualización adicional: esto que ocurre en la España de Rajoy no es lo que ocurre, por ejemplo, en la Alemania de Merkel cuyo coste laboral unitario ha aumentado en más de cuatro puntos, ni en la Francia de Hollande que registra un aumento de más de dos puntos, ni en la Italia de Renzi con casi dos puntos de incremento, ni mucho menos en el Reino Unido de Cameron que ha visto una subida de más de siete puntos en su coste laboral unitario.

Por cierto, que si vemos los índices de tendencia de competitividad de España en relación con la zona Euro o con los países de la OCDE, tampoco parece que toda esta transferencia de rentas haya servido para mucho.

En definitiva, que en cuatro años de experimento “devaluatorio” no sólo no se ha creado el empleo que prometió aquél que se ponía en la cola del paro, sino que se ha depreciado el valor del trabajo, se han transferido rentas de los trabajadores al capital, se ha repartido en porciones, cada vez más pequeñas, el poco empleo que los causantes de la crisis dejaron, se ha laminado la capacidad negociadora y reivindicativa de los asalariados, se ha perdido un millón de cotizantes, se ha hundido la tasa de cobertura por desempleo y, como consecuencia más dolorosa de todo ello, se ha ahondado la brecha de la desigualdad con generaciones enteras que, o bien son expulsadas, o bien son mandadas a la marginalidad.

Son, sin duda, unas buenas bases para lograr en otros cuatro años llegar a los veinte millones de cotizantes. Sólo hay que perseverar en una línea plagada de éxitos como ésta. Sin duda que se puede conseguir. Precarizando más y abaratando más, troceando aún más el empleo e implantando los contratos por horas y a disposición o dejando sin cobertura cada vez a más personas, todo es posible. Veinte millones o veinticinco. Ahora bien, lo que es seguro es que no serán de personas con empleo, sino de esclavos.

Ángel Cano