Rajoy tiene una ventaja y es que, como él mismo dice, es un tipo previsible. Todos preveíamos que las promesas con las que asaltó el poder eran, sencillamente, mentiras que usaba como pértiga para ese asalto, y necesitamos poco tiempo para constatar la realidad de esa previsión.

Era fácil prever que las “reformas estructurales” que se anunciaban y ponían en marcha eran, en realidad, medidas de ajuste de gasto público que recaían en las clases medias y populares y que se saldaban finalmente con aumento del desempleo y de las coberturas sociales, y así ha quedado demostrado en menos de dos años.

Ahora, el previsible y gris Mariano anuncia, entre una buena dosis de esas tautologías y lugares comunes a los que es tan aficionado, algo que también teníamos todos perfectamente claro.

En esa entrevista, concedida a un grupo de medios de comunicación europeos y que aquí publicó El País, ha reconocido algo que todo el mundo sabía: que el problema de España no es de gasto público, sino de falta de ingresos. Y ha anunciado, como gran aportación, que ese problema se solucionará cuando haya más empleo (algo, por cierto, discutible con la evolución actual de las rentas salariales).

Lo más previsible de Rajoy no son sus actitudes, sino las políticas que se derivan del armazón ideológico que esconde detrás de una mezcla de torpeza y sensatez
La cosa tiene su gracia porque, dicho así, de manera cachazuda, como él suele, parece algo de sentido común que nadie puede negar pero, si se examina con detenimiento, tiene dos derivadas que es importante analizar para comprender cuál es la realidad mental e ideológica del hombre que salvó a España.

La primera es el reconocimiento expreso de que la baja aportación de los ingresos impositivos no va a desaparecer en el corto plazo, lo que, por tanto, deberá ser compensado con más aumento de la deuda pública –con el correspondiente aumento del gasto en intereses– y con más recortes en ese gasto público que, como expresamente se reconoce, no es un problema. En realidad, estamos hablando de la cuadratura del círculo mariano.

Pero más importante y con mayor carga ideológica es la segunda derivada porque una afirmación de ese tipo lo que encierra, en realidad, es la intención de que sean las rentas del trabajo quienes únicamente soporten la carga de los ingresos necesarios para alcanzar ese deseado equilibrio presupuestario.

Si se reconoce un bajo nivel de ingresos impositivos existen distintas vías para corregir ese desequilibrio. Están en los manuales los sistemas para reequilibrar las cuentas. Se pueden aumentar los impuestos al capital, a los patrimonios y a las grandes corporaciones, se pueden implementar tasas a operaciones financieras y a entidades que, además, se han reflotado con fondos públicos, se pueden eliminar exenciones en el impuesto de sociedades, etc.

Es previsible que pretenda hacer recaer en las rentas del trabajo un eventual aumento de la recaudación tributaria
Es decir, se puede invertir la tendencia y hacer más progresivo un sistema fiscal que hace recaer mayoritariamente sobre las fuerzas del trabajo el esfuerzo de la presunta recuperación. Pero no, nada de progresividad. Han de ser los impuestos que recaen sobre el trabajo que, además son fáciles de recaudar, los que deban arreglar las cuentas públicas.

Fíjense en que era muy fácil que nuestro tipo previsible, incluso con una condición temporal, hubiera dicho que, puesto que la recuperación de unos niveles de empleo razonables no se encuentran en el horizonte más temprano, se hace necesario pedir un esfuerzo suplementario a quienes más tienen.

Pero nada de eso está en el discurso y era previsible que no lo estuviera porque la acción política de su gobierno ha sido unidireccional en estos dos años. Amnistía fiscal, devaluación interna, desregulación laboral, pérdida de poder adquisitivo, aumento de la desigualdad, devaluación de las condiciones de trabajo, aumento de los impuestos al consumo y dinero para los que lo robaron.

Esos son los antecedentes y, conociéndolos, es muy fácil prever cuáles han de ser los movimientos con que nos deleite nuestro tipo previsible. Dios y su sentido común nos cojan confesados.

Ángel Cano