el chicoLa voladura controlada del estado de bienestar a la que estamos asistiendo está propiciando la aparición de un fenómeno que consiste en la proliferación de acciones de solidaridad puestas en marcha desde grupos variopintos de la sociedad civil.

Este fenómeno, que es más visible en comunidades o pueblos pequeños, da lugar a una especie de carrera por mostrar solidaridad ante los problemas que, sin duda, acucian a todo tipo de personas.

El fenómeno tiene un enorme interés por varias razones: la primera, y quizás la más importante, es comprobar cómo la sociedad tiene por sí misma la capacidad de crear redes de protección que tratan de paliar o impedir los efectos de exclusión social que las políticas públicas de restricción están ocasionando, primero en las capas más desfavorecidas y ya, en estos momentos, en unas clases medias cada vez más depauperadas. Esto supone, como dice un buen amigo, la constatación de que la sociedad es previa al individuo y está por encima de él.

El segundo punto de interés está en comprobar el cinismo y la falta de escrúpulos de unos poderes públicos, incluido, en algunos casos, el nivel de la administración local, que no contentos con dejar sin contenido los departamentos de servicios sociales y hacer dejación de sus obligaciones y responsabilidades, son capaces de apuntarse al bombardeo solidario, de sacar pecho y de posar para unas fotos que son más propias de los tiempos en los que no se hablaba de solidaridad sino de caridad.

En relación con esto último, es preciso tener en cuenta que, mientras los dueños de las tijeras aplauden con fervor todo este tipo de iniciativas, el resultado final que se viene produciendo, es que los ciudadanos están pagando dos veces los servicios sociales: por un lado, con sus impuestos, aquellos que han dejado de prestar los poderes públicos y, por otro, con su solidaridad, los efectos directos y concretos que ocasiona en la población más vulnerable esa dejación de los poderes públicos.

Ciertamente, es deseable que los ciudadanos muestren una sensibilidad que parece estar fuera del alcance de quienes debían ocuparse del bienestar público. Es magnífico que la sociedad sea capaz de articular estas redes de protección convirtiéndose, en la práctica, en un añadido al tercer sector que completa las acciones estructuradas y organizadas que forman parte de la actividad de las ONG. Gracias a ello, se demuestra que existe un gran número de buenas personas que anteponen la convivencia en su comunidad a los intereses individuales. Gracias a ello, problemas reales que acucian a personas reales se pueden ir paliando.

Pero el entusiasmo que esas buenas gentes ponen en su empeño no debe hacer perder de vista la realidad de fondo de donde proviene todo: la pobreza existe porque los recursos que deberían ir a una justa redistribución de la riqueza van a las arcas sin fondo de los especuladores y los poderosos que, encima, se permiten el lujo de apuntarse a la caridad.

Solidarios, sí. Cuanto haga falta. Pero idiotas, no.

Juan Santiago