GuindosNo creo que estemos realmente en eso que llaman la senda de la recuperación económica como tratan de insuflarnos los aparatos gubernamentales, tanto políticos como propagandísticos. No hay más que ver la delicada y meliflua utilización que hace de su lenguaje pijo-macro nuestro insigne broker metido a ministro para darse cuenta de que no es oro todo lo que reluce.

Pero no es de eso de lo quería hablar, sino de la desvergonzada naturalidad con la que se admite que todo ese supuesto proceso de recuperación se basa en la degradación permanente y continua de las condiciones que han de soportar los trabajadores.

En realidad, el mensaje que se da es claro y meridiano: gracias a apretar el puño alrededor del gaznate del trabajador ¡pobrecillo!, este país está tocando fondo. Así que, en cuanto lo apretemos un poco más, empezaremos a recuperarnos y, por terminar la serie de una manera lógica, en cuanto los hayamos laminado, nos vamos a forrar (más).

Y no se trata de demagogia sino de realidades que, además, la calle percibe absolutamente ajena a los gorgoritos de marianos, luises, lolis o fatinas. No es demagogia el proceso de devaluación interna impuesto por la candidata Merkel que ha traido consigo las disminuciones de los costes laborales que se pueden observar en la estadísticas del INE (no sabemos si en esas estadísticas están desagregados los costes laborales del Partido Popular que, según parece, han sufrido notables aumentos).

No son demagogia la disminución (con la salvedad del PP) de los costes por despido que reconocen también las estadísticas oficiales, ni la desregulación de la negociación colectiva con la desaparición de la ultractividad y de la referencia a los convenios provinciales.

Se considera fundamental para alcanzar el deseado proceso de recuperación económica una modificación del sistema público de pensiones que establezca por ley la pérdida de poder adquisitivo y la aparición de un factor de “sostenibilidad” que haga deseable como objetivo la rebaja en la esperanza de vida. Esperanza de vida por la que, vistos los desmanes llevados a cabo sobre el sistema público de salud, no va a haber que preocuparse; de hecho, el año 2012 ya registró una disminución.

Y no menos importante resulta para alcanzar la tierra prometida la venta o “encomienda de gestión” de servicios públicos básicos, de los que debería disfrutar la ciudadanía, a manos privadas cuya limpieza resulta, a veces, cuestionable.

Fíjense si están convencidos de que es este el “necesario e inevitable proceso de ajuste y reformas estructurales” que, incluso, se han cargado uno de los mantras más sagrados del pensamiento económico neoliberal.

Creí que me iba a dar una alferecía cuando escuché, primero a la devota de la Virgen del Rocío y luego al ex de Lehman Brothers y el Banco Mare Nostrum, afirmar que, gracias a lo bien que lo estaban haciendo, en España se iba a crear empleo, creciendo por debajo del 2% del PIB. Por un momento creí que estaba escuchando a un par de herejes antisistema, de esos que ponen en cuestión la necesidad del crecimiento.

Pero la verdad es que lo están haciendo muy bien. Como se dice ahora, lo están petando. Ni los más entusiastas disfrutadores del capitalismo financiero y global que nos rige con mano de hierro hubieran podido imaginar que tamaño desastre para los trabajadores pudiera llevarse a cabo en menos tiempo y con tanto entusiasmo.

Aunque, como todo es mejorable, a todo el paquete económico le han añadido un hermoso paquete de deshechos sociales que hará que, cuando nos queramos dar cuenta, como única expresión válida nos quedará aquello que decía la Régula en los Santos inocentes: “A mandar, señorito, que para eso estamos”.

Ángel Cano