el club de los siete grandesA veces me avergüenzo de mí mismo cuando me descubro echando de menos a toda una generación de oligarcas y plutócratas que dominaron la escena financiera y empresarial de este país, a la sombra de la dictadura y de los primeros tiempos de la transición.

Hay días que me sorprendo suspirando y diciendo algo parecido a  ¡Cómo le echamos de menos, Don José María! Que lo mismo podía ser si sustituyéramos a Don José María por Don Alfonso o Don Pablo.

Aclaremos que Don José María era Aguirre Gonzalo, Don Alfonso era Escámez, el self made man de los banqueros, y Don Pablo podía ser o Garnica Echevarría o Garnica Mansi, padre e hijo. Por cierto, todos debían estar bien alimentados porque los tres más jóvenes pasaron de los noventa y Garnica padre de los ochenta.

Y es que en estos momentos de lehmanbrothers, bankias y demás compañeros mártires, herederos a su vez de mariocondes, jpmorgans y otros brujos de la mal llamada ingeniería financiera (mejor sería hablar de chapuza financiera o, más sencillamente, de latrocinio), casi se echan en falta aquellos almuerzos del club de los siete grandes en los que se decidía quién iba a mandar y cómo se repartía la tarta.

No es que aquellos prohombres no sean, a su vez, responsables. Ellos han supuesto en buena medida el germen y han puesto las bases del posterior desarrollo de la gran estafa financiera global que ha puesto los cimientos del mundo con mayores dosis de desigualdad que nos ha tocado vivir, pero también es cierto que lucieron una sensatez que ha desaparecido de este mundo de pirañas en el que sólo sirve dejar pelados los huesos ajenos.

Al día siguiente de su fallecimiento, en abril de 1988, El País publicó una entrevista que José María Aguirre Gonzalo había concedido a Xavier Vidal-Folch unos días antes. En esa entrevista está la clave filosófica del viejo negocio de los banqueros tradicionales.

Con Mario Conde ya en la presidencia del Banco y con Felipe González a punto de remodelar su gobierno, decía el patriarca del Banesto: “El secreto [de que el Banco hubiera ido bien] es que la banca prestaba un servicio público a través de empresas privadas, y claro, si hacía un servicio público lo lógico era que tenía que hacer lo que dijese el Gobierno, eso es completamente tonto que no se hiciese. Y eso ha ido muy bien.”

Naturalmente, no decía que, de todas maneras, tanto en el franquismo como en los primeros años de la transición, ese Gobierno al que había que “obedecer”, estaba trufado de personas provenientes de las propias élites financieras (a él mismo le propusieron ser ministro y fue quince años Procurador en Cortes), pero, en cualquier caso, demostraba una prudencia y un conocimiento de los equilibrios que han perdido los actuales depredadores.

ese sentido del equilibrio y de la cohabitación que demostraron aquellos viejos banqueros estaba basado en la existencia de contrapesos hoy inexistentes

También es cierto que ese sentido del equilibrio y de la cohabitación que demostraron aquellos viejos banqueros estaba basado en la existencia de contrapesos hoy inexistentes, como un sector bancario público, que a estas alturas ya ha sido fagocitado por el sector privado, o sectores industriales y comerciales estratégicos (eléctricas, comunicaciones, carburantes, etc.) que estaban en manos estatales y que suponían importantes fuentes de renta que ya han sido “asumidas” por el propio poder financiero.

Por eso, no es que nos vayamos a dedicar aquí a hacer la loa de quienes encauzaron un camino que nos ha conducido precisamente a este punto de destrucción de la cohesión social en el que nos encontramos. Ni eran ejemplares como gestores ni eran inocentes ideológicamente. Pero es cierto que han demostrado una mayor inteligencia que los actuales porque, siendo auténticos puños de hierro en guantes de seda, calibraban la fuerza que habían de usar al apretar y no subestimaban al adversario.

La realidad con la que hoy nos encontramos es que, con los mismos mimbres (gobiernos ocupados y políticos obedientes), la consigna no es de coexistencia sino de tierra quemada y de apropiación absoluta.

Y para mas inri, estos son más horteras, más indiscretos y más bocazas.

Ángel Cano