Toda esta absurda batalla planteada alrededor del llamado abismo fiscal estadounidense, además de para nada, ha servido como espejo en el que se ha reflejado una buena parte de la clase política norteamericana y, más fundamentalmente, el ala radical, de extrema derecha, del partido republicano.

Pero ha servido también para poner de manifiesto, de una manera muy gráfica, casi brutal, algún componente de los que conforman la política económica global que nos aqueja.

Básicamente, lo que ha retratado esta estúpida pelea es el enorme sesgo ideológico de las posiciones de quienes mantienen secuestrada la teoría económica en el zulo del pensamiento único e inmutable que ha excavado el neoliberalismo.

Porque no hay que olvidar, por mucho que se tachen de maximalistas los postulados que defienden esos ultraconservadores, que, en el fondo e incluso en la forma, esos principios son los que se han adueñado, no sólo de las teorías, sino de las prácticas económicas que rigen en el mundo global, sobre todo, a partir de la era Reagan/Thatcher.

Esos mismos principios (adelgazamiento de un estado que se dice ineficiente, eliminación de subsidios “desincentivadores”, eliminación de gastos sociales “superfluos”, desaparición de normas reguladoras o menor progresividad en los impuestos) son la base de la política económica que se está aplicando en Europa y muy especialmente en España, Portugal o Grecia.

Podemos tratar de cuestionar o, incluso ridiculizar, a esos integristas o fundamentalistas del Tea Party; podemos imaginarlos pertrechados con el capirote del Ku Klux Klan o podemos también poner de manifiesto sus aspectos racistas, xenófobos o antiabortistas como definidores básicos de un movimiento político sin un excesivo futuro que, encima, sale como perdedor de esta batalla, pero todo esto no debe impedirnos la visión de una doble perspectiva: que esos principios ideológicos no son exclusivos de allende los mares e impregnan a una buena parte de la élite gobernante actual en Europa y en España (no le serían muy ajenos a algún/a gobernante discípulo/a de monseñor Escrivá) y que ese irracionalismo que se traspasa a lo económico no es más que otra manifestación de esas supuestas creencias en la mano oculta del mercado todopoderoso o en la inmutabilidad de los dogmas que se aplican por encima de cualquier otra consideración. Es lo que, con su natural facilidad para la síntesis, el Hombre Que Salvó a España expresa de manera precisa cuando dice aquello de “Hacemos lo que tenemos que hacer”.

Y así es, exactamente. El Tea Party le niega capacidad de endeudamiento a Obama por las mismas razones que Rajoy utiliza para negarle a los enfermos medicamentos hospitalarios o para “devaluar” los sueldos de los trabajadores. Sencillamente porque hay que hacer las cosas “como Dios manda”. Es decir, la sinrazón como arma de política económica, teniendo en cuenta que esa sinrazón no afecta a todos por igual.

Quien piense que la presunta derrota de los seguidores de Ted Cruz o Sarah Palin está servida es que no percibe la profundidad de la fractura que existe entre los que, de verdad, están en condiciones de imponer su ideología y quienes desde el otro lado, miramos cómo se agranda.

Para mí que la mesa a la que se sientan a merendar los Tea Partys globales sigue bien servida. También creo que en esa merienda no han puesto pastas para nosotros.

Ángel Cano