rubalcaba rueda de prensa

Foto: Inma Mesa

A la jerga económica tan usada en estos tiempos, se añade un nuevo palabro esta vez ya, y sin disimulo, en absoluto alemán: “kurzabeit”. El término viene usándose entre nosotros desde 2009, pero parece que se va a generalizar tras haberse introducido en la propuesta articulada por el Partido Socialista.

Brevemente. No se trata más que de un mecanismo de regulación que permite la reducción de jornadas mediante subsidios estatales para que las empresas opten por ella en lugar de acudir al despido masivo. La finalidad básica es no incrementar el número de desempleados, gastando en subsidios menos de lo que costarían las prestaciones por desempleo, y mantener, al mismo tiempo, las relaciones laborales existentes de forma que los trabajadores continúen en activo y las empresas no pierdan empleados que ya están formados y acostumbrados a sus procesos de producción. Su uso en Alemania se ha venido acomodando a los vaivenes del ciclo económico y al proponerse su introducción en nuestro sistema, parece oportuno hacer algunas reflexiones sobre esa posibilidad.

En primer lugar, hay que tener en cuenta la diferencia evidente que existe en cuanto al momento de implantación. En Alemania el uso masivo se lleva a cabo justo en el inicio duro de la recesión, con el PIB cayendo más de cinco puntos, y supuso, de hecho, un freno para el deterioro de un mercado de trabajo que la propia Agencia Federal de Empleo esperaba que golpeara especialmente al sector de la industria exportadora. Aquí, de implantarse ahora, lo sería en lo profundo de la depresión y con la mayor parte del deterioro del mercado laboral ya consumado (con la tasa de paro por encima del 27%).

Hay que tener en cuenta que esta modalidad se barajó para la reforma laboral y que se optó por un modelo radicalmente distinto, ya que mientras la reducción temporal del trabajo supone compartir los costes entre empresa, trabajador y estado, la solución de la reforma laboral buscó la competitividad mediante la reducción unilateral del valor del trabajo y cargando, por tanto, todo el coste en las espaldas de los trabajadores.

El segundo factor que diferencia lo ocurrido en Alemania con lo que podría suceder en España, está en la evidente diferencia de la estructura productiva. El uso de la reducción temporal se diseñó en Alemania, básicamente, de cara al sector industrial. Un sector cuyo nivel de exportación supone una fortaleza para el país y en el que tiene una especial relevancia tanto la formación de los trabajadores como su acomodación a los procesos de producción de la empresa, factores éstos que suponen un valor que el empresario no quiere perder.

De hecho, en septiembre de 2009, el 80% de los beneficiarios del sistema de reducción pertenecían al sector industrial (de éste, sólo el 3% eran de la construcción), mientras que menos del 20% venían del sector servicios.

En España, además de haberse producido ya la masa crítica de la destrucción de empleo, los sectores industriales para los que aquellas circunstancias supondrían un aliciente mayor que los actuales expedientes de regulación, no existen en la misma medida, sino en dimensión mucho menor, con lo cual, las expectativas no pueden ser similares.

Todo esto no quiere decir que no sea un mecanismo que no haya que volver a explorar. Antes bien, su uso podría suponer un freno o, al menos, una desaceleración de la pérdida de empleo prevista hasta el final de la legislatura, aunque para ello habría de hacerse un diseño más acomodado al caso español y no buscar una traslación automática del modelo alemán.

Cuestión aparte puede ser el escaso entusiasmo del Partido Popular ante este tipo de fórmulas. Una buena ocasión de demostrar lo contrario será la próxima reunión con los agentes sociales. Veremos.

Ángel Cano