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Al Pacino como Shylock Hace ya demasiado tiempo que venimos haciéndonos preguntas en relación con unas entidades abstractas que conocemos como mercados y con la estrategia que los ciudadanos podemos seguir frente a conductas que, no sólo nos influyen sino que, en la mayor parte de los casos, suponen un auténtico expolio a las clases más desfavorecidas. 

Son preguntas que normalmente nos sumen en la más absoluta perplejidad porque nos da la sensación de que estamos ante conceptos inabarcables que sólo están al alcance de unos determinados sabios que están en el secreto conocimiento de no sabemos qué extraños arcanos.

Y, sin embargo, por mucho que nos quieran hacer creer en esas modernas complejidades, la realidad es que las claves siempre han estado frente a nosostros y que podemos encontrarlas si acudimos incluso a los clásicos. Por ejemplo, si volvemos a finales del XVI y releemos a Shakespeare, y su “Mercader de Venecia”.

Indudablemente, los modernos y globales mercados que nos oprimen y sobresaltan no son más que modernos Shylocks, más que descendientes de aquellos usureros que, hoy igual que ayer, odiados hoy igual que ayer, surtían de caudales a estados, príncipes, reyes y reyezuelos que inclinaban la cerviz ante el despreciado prestamista si querían seguir manteniendo sus estructuras de poder. El recurso a la deuda, al préstamo, incluso usurario, como se hace hoy con estados prácticamente en quiebra, no es un invento moderno sino que está en la raíz misma del nacimiento del estado.

Y hoy, igual que ayer, son esos prestamistas, esos mal llamados mercados, quienes, al igual que Shylock, se permiten la imposición de condiciones fuera de toda lógica y de toda moralidad. Son los que se sienten capaces de pedir una libra de carne del noble y endeudado Antonio si éste, así se hundan sus barcos o así se cuenten por millones los desempleados, no es capaz de cumplir al vencimiento del préstamo. Porque se sienten dueños, no sólo del dinero sino de las vidas y de las convicciones de sus deudores y porque se sienten capaces, gracias a los títulos que tienen en su poder, de imponer, incluso, las fórmulas e instituciones de gobierno. Como Shylock, creen que pueden hacernos rebanadas si así lo consideran oportuno.

Y, sin embargo, hay soluciones, sin duda ingenuas, que están en las propias páginas del Mercader y que podrían formularse del mismo modo que propuso Porcia en el juicio: una libra de carne. Ese es el rédito; puedes cortar una libra de carne porque eso es lo contratado, ese es el interés pactado. Pero, ¡ojo! no se puede derramar ni una gota de sangre, porque si tratas de extraer algo más que el ya usurario interés, si pretendes, fuera de toda norma moral, quedarte con lo que no es tuyo e imponer normas e instituciones a tu antojo, habrás incurrido en un delito por el que deberás pagar. Si no te conformas con el poder económico que ya ostentas y pretendes, además, imponer condiciones que suponen un auténtico desprecio de las normas básicas de convivencia y dignidad, alguien te lo acabará demandando y, seguramente (la Historia está para demostrarlo), no será de forma pacífica.

El problema es que no se adivina dónde encontraremos a la bella Porcia que sea capaz de poner en evidencia y en su sitio a estos Shylocks de nuevo cuño, escondidos generalmente detrás de siglas ilegibles y encarnados en hombres y mujeres que se sienten investidos con la capacidad de hacer con sus pueblos todo aquello que les viene en gana.

Juan Santiago