la creacionSiempre hemos creído que nada escapaba a la inexorable primera ley de la termodinámica. Ya saben, eso que vulgarmente conocemos con el aforismo de que “nada se crea ni se destruye, solamente se transforma”.

Pero, desde el último tercio del siglo XX, concretamente desde los tiempos del reprobado Nixon, sabemos que algo muy concreto consigue eludir esa ley. Algo que, visto lo visto, parece lo más importante de este mundo: el dinero.

Sí, porque mientras estuvo vigente el antiguo patrón oro, la moneda de curso legal no era más que la transformación de un bien concreto y real en papeles y trozos de metal que servían para que el valor de aquel bien, discurriera de forma ordenada (de ahí lo del curso legal).

Pero, claro, eso suponía una limitación que no permitía especular de manera absoluta sobre valores vacíos o inexistentes y casaba mal con la supuesta modernidad de lo global que, en realidad, escondía la avaricia propia de un sistema capitalista que, desaparecido el Muro de Berlín, pretendía acometer una última fase que supusiera la total apropiación de las plusvalías generadas.

Y así nació eso que consigue escapar de aquella primera ley. Para ponerlo de manifiesto sin posibilidad de error, le dieron un nombre: dinero “fiat” que no viene de que nos tengamos que fiar, sino de un acto de creación, de una auténtica concepción divina del proceso, ajeno a las leyes físicas. “Fiat”, quiere decir simplemente “hágase”, como en el Génesis: “Dixitque Deus: fiat lux” (Y dijo Dios: hágase la luz).

En este caso, basta un simple “hágase el dinero” y los nuevos dioses, los presidentes de los Bancos Centrales, crearán de la nada nuevo dinero “fiat” que empezará a circular por las finanzas globales convertidos en dígitos virtuales de cuentas bancarias. Sin contrapartida real, pero a quién le importa eso cuando estamos en el terreno de lo sagrado, en el arcano misterioso de la fe. No me digan que no es maravilloso.

Pero como ni siquiera Draghi es perfecto -aún estando investido de la divinidad- se producen paradojas que, a veces, nos llenan de perplejidad. Ello ocurre porque encontramos zonas de ese dinero milagroso, producido en un primigenio Big Bang, que no mantienen las propiedades iniciales y que son incapaces de eludir la famosa primera ley de la termodinámica. Me explico.

Hay un tipo de ese dinero “fiat”, el que se conoce como dinero negro o dinero en B que, por alguna extraña razón, no se crea ex novo sino que viene de una transformación del dinero en A y que, posteriormente, va sufriendo procesos de diseminación por el sistema económico hasta que, todo o parte de él, vuelve a transformarse en dinero en A en un proceso conocido como “blanqueado”.

Pongamos un ejemplo: un ciudadano que tiene dinero “blanco” decide organizar una boda o comprar una vivienda y se encuentra con el que el vendedor le exige que una buena parte del precio se le abone en dinero “negro”.

Como el ciudadano en cuestión no tiene otro tipo de dinero que el ha ido ahorrando, simplemente paga la totalidad del precio pero admite que solo aparezca una parte, entregando el resto en efectivo al vendedor sin que se refleje en ningún sitio.

Gracias a ese sencillo proceso de transformación, ya tenemos una buena cantidad de dinero negro presto a circular por el sistema económico. A continuación, como el que ahora tiene ese dinero no puede asentarlo oficialmente en ningún sitio, se dedica, en un buen número de ocasiones, a fraccionarlo en cantidades más pequeñas que se diseminan con mayor facilidad por el sistema.

Así, si, por ejemplo, quien ha recibido ese dinero en B tiene actividades empresariales y emplea mano de obra, podrá pagar una parte de los salarios con él y conseguir, además, ahorros indirectos en cotizaciones sociales que aumentarán, a su vez, los beneficios o plusvalías que obtiene.

Este tipo de diseminación masiva tiene, por otra parte, una ventaja añadida que es básica en este proceso de continua transformación del dinero negro: como la cantidad es muy pequeña y el que lo recibe no puede hacer grandes filigranas con él, ese dinero va directamente al consumo pudiendo producir una doble pirueta transformadora muy parecida al equilibrio térmico del que trata el principio cero de la termodinámica: se puede reconvertir de dinero B en dinero A, si el que vende lo declara, o puede servir para engordar la caja B si éste tiene necesidad de hacer algún pago “no santo”.

Dos posibilidades en absoluto equilibrio que nos demuestran la versatilidad y funcionalidad de las leyes físicas aplicadas a ese milagro divino del dinero por decreto o dinero “hágase”.

Juan Santiago