enrique maríEn la campaña americana de las presidenciales del 92, el equipo de Clinton consiguió popularizar una frase: “¡la economía, estúpido!”. El impacto hizo fortuna y acabó ayudando a derrotar a Bush padre al convertir esa llamada en uno de los tres ejes de la campaña demócrata junto con la necesidad del cambio y el sistema de salud.

La frase, por su rotundidad, se ha convertido en una buena muleta en la que hacer descansar cualquier mensaje que se quiera transmitir de una forma rápida y de inmediata visualización, así que no tengo ningún problema en utilizarla precisamente para reafirmar una idea central: todo lo que nos ocurre y todo lo que, sin duda, nos va a suceder no tiene una base puramente económica, como se pretende hacernos creer, sino que tiene, fundamentalmente, una raíz ideológica. Es decir, que responde al intento de establecer el predominio de una opción ideológica,  no ya como dominante, sino como hegemónica o monopolizadora. Eso que se conoce como pensamiento único.

Tras la caída de Lehman Brothers, se reunieron de urgencia en Washington los principales dirigentes mundiales, algunos de los cuales habían lanzado previamente a esa cumbre mensajes sobre la imperiosa necesidad de proceder a una refundación del capitalismo.

No hace falta más que echarle un vistazo a las conclusiones del encuentro para darse cuenta de que, como no podía ser de otra manera, ninguna refundación salió de aquel G20 sencillamente porque ni, en realidad, se pretendía ni, desde luego, era posible.

No se pretendía porque, cuando hablaban de refundación, se referían realmente a la adaptación del entramado a unas determinadas circunstancias, y era absolutamente imposible por distintas razones: en primer lugar, porque allí no estaban reunidos los auténticos actores del drama, en segundo lugar porque nadie que ha conseguido eliminar los contrapesos que le inquietaban va a soltar la presa hasta exprimirla y, en tercer lugar, porque los procesos de cambio de las ideologías que han tardado siglos en imponerse no se producen de la noche a la mañana gracias a huecas declamaciones de actores de segunda fila.

En realidad, lo que se estaba produciendo entonces, y sigue operando en estos momentos, era y es la consolidación de un sistema ideológico, el capitalismo, que había conseguido eliminar a finales de 1989 los elementos que ponían límites a su expansión, tanto de acción como geográfica. Un capitalismo que, gracias a ello, había logrado inocular dentro del pensamiento político, incluido el socialdemócrata, el troyano del llamado neoliberalismo.

Y en eso  estamos por más que nos quieran convencer de esta suerte de fatalismo económico. Si el comunismo era dentro de la teoría marxista la última fase del socialismo, esta tesitura pancapitalista en la que nos hacen cantar no es más que esa última fase de un sistema ideológico. Con un problema añadido: que las últimas fases siempre tienden al colapso como señalaba a finales del siglo XX el fallecido filósofo argentino Enrique E. Marí en un texto que nos podemos aplicar quince años después y que merece la pena reproducir:

“En la etapa del capitalismo de nuestros tiempos, al que se conoce con el nombre de capitalismo tardío, a lo que asistimos, en realidad, es a un colapso de esta misma filosofía. Su presente ideología legitimante ya no se hace reposar en el velo de la ignorancia. La estrategia cambió de sentido y, en consecuencia, también lo hizo el régimen de los discursos. Las barreras psicológicas aptas para disimular las condiciones reales de vida se han levantado para dar paso a la admisión más explícita y transparente de que el sacrificio, el pauperismo y la muerte eventual de millones de seres, sin empleo o con él, están plenamente justificados por carecer de coordinación con la marcha del mercado, sus reglas de eficiencia y productividad

Ángel Cano