fatima bañezHan pasado más de quince meses desde que el Gobierno alumbrara la reforma laboral. Como todos recordamos, aquella reforma, en palabras de la vicepresidenta Saenz de Santamaría en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, se planteaba con el objetivo de sentar “las bases para volver crear empleo”. Poco después, el propio Rajoy se dirigía a los suyos en el último congreso para afirmar que se hacían las reformas porque “hay que generar las condiciones para crear empleo” permitiéndose, además, el sarcasmo de decir que la necesidad de la reforma la “saben bien quienes llevan tanto tiempo buscando empleo sin encontrarlo”.

Quince meses después, no sólo no se ha generado empleo sino que casi un millón de personas más carecen de él. La conclusión, por tanto, sería sencilla: la reforma laboral, al no cumplir su objetivo fundamental, ha fracasado. Y, sin embargo, no creo que esto sea así, antes bien creo que se puede afirmar con rotundidad que la reforma laboral está cumpliendo a la perfección el objetivo real para el que fue diseñada.

Veamos. La reforma descansa en tres patas fundamentales: desregulación del mercado laboral (posibilidad de modificación unilateral de condiciones básicas o ampliación de causas y eliminación de requisitos en expedientes colectivos), abaratamiento del despido (el coste medio del despido por trabajador bajó un 23% en el último trimestre del 2012, en relación con el mismo período del año anterior) y debilitamiento del mecanismo de la negociación colectiva.

Pues bien, nadie en su sano juicio podía pensar que con estos apoyos se fuera a producir, por sí misma y por arte magia, la aparición de cientos de miles de puestos de trabajo que redujeran de manera significativa una tasa de paro que ellos mismos consideraban entonces insoportable. Lo único que podía pasar era lo que, realmente, ha sucedido: un desastre que ha conducido a otro millón de españoles al desempleo y la pobreza.

Y si esto era así, si realmente quienes diseñaron esa reforma eran conscientes de que no se crearía empleo y si admitimos que no parece probable que la Virgen del Rocío se apareciera a la ministra Báñez para dictarle el decreto-ley, hay que preguntarse por las verdaderas razones de unas medidas insostenibles desde un punto de vista social y por el empecinamiento en engañar una y otra vez al pueblo español en relación con el supuesto objetivo de crear empleo.

La verdadera finalidad descansa en algo que ya se ha puesto de manifiesto en reiteradas ocasiones y que sí tiene causa verdaderamente estructural. El problema es que el gobierno conservador no consideraba asumible, desde un punto de vista estrictamente político, reconocer que va a llevar a cabo medidas que supondrán, de forma rápida y directa, el empobrecimiento de las clases medias y bajas de la sociedad con el fin de rebajar los costes de producción y obtener así una, supuesta, mayor competitividad.

Esa era la verdadera finalidad de la reforma laboral y es preciso reconocer que lo está logrando. Ése es el auténtico secreto de Fátima y ése es el triunfo que podría exhibir la ministra si, realmente, el diseño hubiera partido de ella.

El diseño de la reforma laboral responde a criterios macroeconómicos e ideológicos que poco o nada tienen que ver con una preocupación real por los ciudadanos desempleados.

Una vez perdida la soberanía monetaria y, por tanto, la posibilidad de actuar sobre el valor de la moneda, para los economistas neoliberales sólo queda proceder a la famosa “devaluación interna” que se centra única y exclusivamente en reducir los costes de producción, es decir, en bajar el valor de la fuerza del trabajo. El fenómeno lo analizaba en “Devaluación interna y pobreza” y a ello me remito para no repetirme.

Lo importante hoy es poner de manifiesto que no estamos ante fenómenos teóricos o sin aplicación real, sino que este país se ha convertido, junto con otros, en laboratorio donde experimentar los dogmas ideológicos de un puñado de economistas que están al servicio de una auténtica plutocracia que persigue, básicamente, el acaparamiento de todas las plusvalías que se generan en el proceso de producción. Ni más ni menos. Sin eufemismos ni juegos florales. Lo que pasa es que, como no se atreven a decir la verdad a los ciudadanos, utilizan todo un juego de palabras de guardarropía, invocan a la Virgen del Rocío, le echan la culpa al maestro armero y encima se atreven a pedir paciencia. Y todo eso después de haber alcanzado el poder de la manera que lo hicieron. Sólo hay una realidad y a Rajoy se le ha escapado: “el Gobierno sabe lo que hace”.

Ángel Cano