En El laboratorio de la basura analizábamos el conflicto de la limpieza de Madrid y lo calificábamos como un auténtico espacio de investigación donde se han ensayado de manera real los límites prácticos de la reforma laboral de Báñez y Rajoy.

Desde mi punto de vista esto es indudable si se analiza todo el proceso, desde la propia convocatoria y resolución del concurso de concesión del servicio, hasta el planteamiento de esa plataforma salvaje, descabellada y coordinada de la patronal.

A mi juicio eran dos los puntos fundamentales que se estaban testando: por un lado, el alcance práctico de la desregulación sindical con especial referencia a su manifestación en el derecho de huelga (algo a lo que el Partido Popular mira con cierta prudencia) y, por otro, la incidencia ciudadana de un conflicto en un servicio público muy visualizable como es la limpieza urbana.

Para ello era necesario un planteamiento como el que se hizo, un programa de máximos, absolutamente impresentable (más de mil despidos, rebajas salariales de más del cuarenta por ciento y desregulación de jornada), que permitiera calibrar la capacidad de movilización y, sobre todo, que facilitara centrar el debate en la pérdida directa del empleo, ocultando las zonas menos aparentes.

[pullquote align=”right”]la patronal ha obtenido varias enseñanzas que, a buen seguro, piensa aprovechar en próximos conflictos[/pullquote]Y de ese planteamiento, la patronal ha obtenido varias enseñanzas que, a buen seguro, piensa aprovechar en próximos conflictos: una, que es muy rentable el planteamiento de expedientes de regulación de empleo salvajes porque, como veremos, se pueden obtener con esa presión los beneficios reales que se querían conseguir; dos, que, si es necesario, la administración competente maniobrará en un frente común con ellos, como demuestra el reclutamiento de esquiroles, a través de una empresa pública, de manera ilegal y previa declaración de emergencia sanitaria con nocturnidad y a escondidas; y tres, que quedan flecos sueltos en la desregulación sindical que deben ser corregidos, no para beneficiarlos a ellos, sino para que “los ciudadanos no sean rehenes” (planteamiento de Ana Botella y Rajoy).

Desde luego, es cierto que la presión sindical y el comportamiento cívico de los ciudadanos de Madrid que, sin duda, han comprendido de qué lado estaba la razón, ha servido para que la patronal no se apuntara, de manera inmediata, el programa máximo ni una buena parte de él, pero, para comprender el verdadero alcance de este experimento, hace falta poner de relieve las buenas tajadas y rentabilidades que las empresas se llevan a casa.

En primer lugar, el ámbito temporal. En este sentido, lo que la patronal ha obtenido es, ni más ni menos, que mantener las circunstancias actuales de crisis, como fundamento de las relaciones laborales del sector, durante un período de cuatro años, a pesar de que, toda la propaganda y sus propias previsiones afirmen que ya estamos saliendo de esa crisis.

Y, en segundo lugar, y más importante, obtener un añadido de rentabilidad que cubra con exceso las bajas efectuadas para quedarse con las concesiones. Por un lado, a través de los EREs  de cuarenta y cinco días anuales, se consigue que toda la sociedad, por medio de prestaciones de desempleo y cuotas sociales, les transfiera alrededor del 15% anual del coste salarial, mientras que, gracias a la congelación de los salarios, los trabajadores del sector les aportan otro 5 o 6% adicional. [pullquote]el negocio no parece tan malo ni la derrota tan aplastante[/pullquote]Y, por otro lado, ya que no se van a cubrir las bajas y con la aportación de las llamadas bajas voluntarias, malo será que, a finales de 2017, la reducción de las plantillas no se aproxime mucho a las pretensiones del programa máximo.

Como se ve, el negocio no parece tan malo ni la derrota tan aplastante, sobre todo, si a esto se añade el paso importante que se ha dado en el camino de la regulación del derecho constitucional a la huelga que, gracias a todo esto, se ha incorporado a la siniestra agenda de las “reformas estructurales”. Veremos.

Ángel Cano