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Pues si. Yo estoy completamente de acuerdo con Rajoy cuando dice que en este país hay que hablar de las cosas importantes.

Y, sobre todo, ahora cuando,  aparentemente, los cercos se estrechan alrededor suyo simplemente por tenerse constancia escrita de que, como el sumo sacerdote de la tautología y el lugar común que es, ha aplicado a Bárcenas y su esposa la misma medicina que viene suministrando a este pobre país: “Hacemos lo que podemos” o “Al final la vida es resistir y que alguien te ayude”.

Pero tiene razón. En este país lo que hace falta es hablar de las cosas importantes. Sobre todo, cuando se llega a las encrucijadas.

En este país hay que hablar, por ejemplo, de redistribución de la riqueza y de la superación de las desigualdades. Hay que hablar de los mecanismos que es imprescindible poner en marcha para que quienes han visto aumentar sus riquezas, a costa del sufrimiento de los más débiles y de aquellas clases medias en las que basaron sus estadísticas electorales, cedan su poder y sus ganancias para ayudar a taponar la brecha que ellos mismos abrieron. Hay que hablar, por tanto, de reformas fiscales serias y profundas dirigidas a ese fin y no a incrementar supuestas competitividades que sólo aprovechan a los depredadores financieros.

En este país hay que hablar de un auténtico estado social en el que se restablezcan los derechos que habían sido conquistados por las clases trabajadoras y que han sido expoliados, bajo el eufemismo de “reformas estructurales”, al socaire de una crisis provocada por quienes se están aprovechando de ella. De paso, habrá que redefinir el balance de las relaciones laborales para superar el importantísimo paso dado hacia el establecimiento de nuevas forma de servidumbre y explotación.

Hay que hablar de sostenibilidad del modelo económico, de la imposibilidad del crecimiento exponencial y de cómo ha de ser el mundo de las próximas generaciones.

En este país hay que hablar de educación y de investigación para ver de encontrar fórmulas que taponen el agujero negro que ha succionado, de un plumazo, a toda una generación joven y que, si nadie lo remedia, nos va a dejar en el atraso y fuera del desarrollo tecnológico. Todo ello sin contar con el necesario restablecimiento de la igualdad de oportunidades.

En este país hay que hablar de derechos de ciudadanía, de acceso a los bienes culturales, a una sanidad pública y a un sistema de pensiones justo.

Hay que hablar, y ahora más que nunca, de respeto a los valores democráticos y a las formas de participación real que los movimientos ciudadanos están reclamando.

Y hay que hablar en este país ¡como no! de moral pública. De decencia y de limpieza en la gestión de la cosa común y en el manejo de la res publica. Y hay que hacerlo más pronto que tarde porque es posible que el tiempo se le esté acabando a algunos.

No sé por qué me da que no son estas las cosas importantes a las que se refería el señor Rajoy. Más bien parece que se estaba refiriendo a aquellas cosas que, según su modo de ver, ayudarían a tapar lo que no le es grato. Pero le va a dar igual. En esto pasa como en el mus, cuando tienes el juego perdido y tratas de pillar al contrario a base de órdagos. Como se suele decir, engordar para morir.

En cualquier caso, hablando de decencia y de moral pública, ahora que estamos en medio de debates federalistas, me gustaría acabar con una cita de Pi y Margall. Está casi al final de Las Nacionalidades y fue escrita en 1877. Ojalá lo hubiéramos aprendido:

“De la política no espera ni puede esperar ningún hombre que ame a su patria sino la satisfacción de haberla servido; ventajas personales, sólo las que resulten del bien general que haya contribuido a producir por sus sacrificios o sus talentos. Si la suerte le llevó por ella a un alto puesto, como cargo lo ha de considerar, no como recompensa.”

Juan Santiago